Páginas AFICIONADOS TAURINOS SIN ANIMO DE LUCRO
DE TOROS EN LIBERTAD
Aunque llevo años sin estar presente en
la Corrida Goyesca de Ronda salvo las que albergaron la alternativa de
Cayetano y la que celebró la corrida numero 2000 de Enrique Ponce, tengo
la satisfacción de haber asistido a la mayoría de las que protagonizó y
posteriormente organizó su fundador y principal mantenedor, Antonio
Ordóñez. Las ocho que el gran maestro rondeño toreó después de retirarse
(1972 a 1980) tuvieron máxima importancia y enorme trascendencia porque
Antonio solamente toreaba cada año en esta especial ocasión y para
verle como si no se hubiera apartado de los ruedos – sus entrenamientos
previos eran tan duros como para muchos sorprendentemente eficaces –
acudían a Ronda cual peregrinación centenares de aficionados de todo el
mundo además de los habituales de toda España y los locales. Aquellas
goyescas fueron sin duda las mejores que vi en mi vida aunque en mis
recuerdos habría que añadir una en la que actuaron mano a mano José
María Manzanares y Paco Ojeda con toros de Guardiola, y otra en la que
el genial sanluqueño mató seis de Torrestrella en solitario. Sobre esta
última, el propio Ordóñez me comentó cuando finalizó el espectáculo que
había sido la única en la que el ambiente había sido casi igual que el
que rodeó las suyas. Pensé lo mismo aquel día. Desde que el maestro
murió, las goyescas de Ronda no fueron lo que habían sido. Tramutarom en
un espectáculo social y hasta político por acapararla personas del
relumbrón couché y los mandamases de la nefasta Junta de Andalucía que
aún padecemos. Además, la inigualable y maravillosa ciudad de Ronda fue
convirtiéndose ese día en un hervidero humano tan inaguantable como
carísimo en cualquier oferta. Por eso no voy ni iré salvo que las cosas
cambien, lo que dudo. Pero lo más curioso que ocurre últimamente con
respecto a la prensa que cubre el acontecimiento, sobre todo la taurina
de difusión nacional, es que las goyescas que toreó Ordóñez fueron
ignoradas absolutamente – como si no existieran -, mientras que a las
más recientes, van casi todos como corderitos entusiasmados. Jamás vimos
en la Goyesca de Ronda a Zabala padre ni a Navalón, ni a Vidal ni a
tantos otros críticos significativos de aquellos años. Claro que, en el
fondo, detestaban al grandioso torero rondeño por ser infinitamente
mejor que los preferidos por ellos. Ninguno le llegaba a Ordóñez a la
suela de sus zapatillas y eso les irritaba tanto que hasta perdían la
razón. Eso que se perdieron.
Este año, sin embargo, la Goyesca de
Ronda se acercó mucho a las que comento gloriosas de Ordóñez por
protagonizarla en solitario frente a seis toros de Juan Pedro Domecq el
gran artista del toreo actual, Morante de la Puebla, que reaparecía tras
convalecer un mes de la muy grave cornada que sufrió en Huesca donde
actuó mano a mano con Enrique Ponce quien tuvo que matar los seis toros
en tarde para él apoteósica. Pero por lo que respecta al Morante de
Ronda este año, no podemos ni debemos olvidar – yo al menos – que llegó a
esta corrida por la generosidad y el señorío de Francisco Rivera
Ordóñez – organizador de la Goyesca rondeña desde la muerte de su abuelo
–, demostrados tras haber sido despreciado e incluso ninguneado por
Morante cuando le fue concedida la Medalla de Oro de las Bellas Artes y,
aún peor, por negarse el de La Puebla a que se guardara un minuto de
silencio en uno de los festejos de la Feria de San Miguel de Sevilla en
uno de los aniversarios de la muerte de Paquirri, padre del tan
groseramente ofendido. La reconciliación entre ambos llegó tras un
brindis de Morante a Rivera Ordóñez en la última feria de Sevilla. Y
como ya se sabe que en el toreo se suele perder la dignidad cuando hay
negocio por medio, Francisco contrató a Morante para la Goyesca de este
año y todo para él solito.
Triunfó Morante como todo el mundo
esperaba y deseaba. Cortó tres orejas y salió a hombros pese al mediocre
juego que dieron la mayorías de las reses de Juan Pedro, razón por la
que el acontecimiento no resultó tan redondo como ansiaban cuantos
abarrotaron el más que bicentenario coso de la Real Maestranza de Ronda,
por cierto compuesto esta vez de muchos más aficionados que personajes y
personajillos de relumbrón. En cualquier caso, todos quedaron más que
contentos.
La fastuosa goyesca de Arlés
Nosotros estuvimos ese día, sábado 7 de
septiembre, en el bimilenario coliseo romano de Arlés tras dos días de
corridas consecutivas en Torremolinos y en Valladolid a donde también
acudimos para acompañar al muy apenado Enrique Ponce por la reciente
muerte de su abuelo Leandro. Lo que no podíamos imaginar es que en Arlés
se celebró una coincidente corrida de ambiente goyesco y que, aparte su
desarrollo meramente taurino, fuimos asombrados testigos de un
grandioso espectáculo digno de los mejores que puedan acontecer en los
mejores escenarios del mundo musical y hasta operístico o de gran ballet
como los que se celebran en las termas de Caracalla o en la arenas de
Verona y hasta podríamos decir que en los escenarios más suntuosos en
Broadway y en el MET en New York, o en el mismísimo Covent Garden
londinense.
Aparte de la bella hermosura por sí
sola del coliseo romano de Arlés, para la ocasión las arenas del anillo
fueron teñidas de rojo obscuro y artísticamente tapizadas con los
pétalos de 125.000 rosas rojas. Las dos puertas principales del
reciento, fueron tapadas con grandes doseles, también rojos, en su parte
superior. E Igualmente los paños pétreos que circunvalan el óvalo bajo
las localidades de barrera. Y en la parte sur, en lo más alto del
pórtico principal, la estupenda banda de la plaza y un fantástico coro
polifónico en el que una magnífica además de dulce soprano amenizaron el
espectáculo antes, durante y después de la lidia con piezas clásicas,
canciones divinamente elegidas e himnos regionales galos y españoles de
varias clases. Incluso durante la segunda parte de las mejores faenas
cantaron los coros y la soprano en tal grado de originalidad y
sorprendente acople al toreo que se hacía, que más que algo real pareció
un perfecto montaje cinematográfico de altísimos vuelos. Impresionados y
emocionados asistimos a tan delicioso e inaudito recital que, en las
partes mejores de la lidia, provocaron los sentimientos que afloraron
en las almas de los miles de espectadores que llenaron el circo por
completo. No fue para menos. Créanme lo que digo y vayan a la Goyesca de
Arlés del año que viene para comprobarlo y disfrutarlo. Seguro que
muchos repetirán en las siguientes.
En el aspecto puramente taurino, vimos
lidiar seis toros de Garcigrande, tan bien como por la enormidad del
cuarto, desigualmente presentados y, salvo el grandullón anotado, todos
nobles en distintos grados de fuerza entre la casi nula del primero y
la más fuerte del segundo, tercero y sexto. Estos tres y sobremanera
segundo y tercero fueron de vacas por completos en los tres tercios y
por su clase en la muleta. El Juli logró que se indultara el suyo en su
mejor versión y Juan Bautista cuajó al tercero una gran faena
incluso de superior factura a la que hace años consiguió en las Ventas
frente a un ejemplar de Puerto de San Lorenzo. Enrique Ponce se llevó el
peor de los buenos y el imposible zanbombo cuarto. Aunque de ambos sacó
todo el partido posible, pinchó tras la buena aunque breve faena al que
abrió plaza y solamente pudo dar unos pocos pases al marrajo que
desentonó totalmente en la gran función. Tanto El Juli como Bautista
estuvieron mucho mejor con sus primeros toros que con los últimos a los
que torearon con notoria vulgaridad y para la galería, ya nada temerosos
al carecer el valenciano de otra opción. No obstante, al madrileño
podrían haberle regalado dos orejas del quinto si no hubiera pinchado.
Las cortó Juan Bautista del último cuando ya llevaba otras dos. Ambos
salieron a hombros y Ponce a pie aunque acompañado por las ovaciones y
el himno de su Valencia. Manifestó querer volver a actuar en la
arlesiana goyesca del año que viene. Fue la única circunstancia
decepcionante del grandioso espectáculo. No quiero ni imaginar lo que
habría ocurrido si cualquiera de los cuatro mejores toros que salieron
hubiera caído en las manos de Ponce por su especial manera de
teatralizar como nadie los tiempos muertos en sus más grandes obras.
Hubiera sido el acabose. Pero como decía tantas veces el gran aficionado
francés, Carlos Fortier, “a veces, los toros también tienen mala suerte
en los sorteos”.
Ponce llegó a Arlés desde Valladolid
donde actuó junto a Miguel Ángel Perera y al rejoneador Diego Ventura
que fue el único que triunfó con un mal presentado y pésimo envío de la
familia Gutiérrez Lorenzo. Muchos de los que asistimos no pudimos
comprender cómo ni por qué los ganaderos enviaron pocos días antes una
gran corrida a Tomelloso y a la más importante plaza de Valladalid una
birria tan impresentable. Un día antes, en la impecable plaza de
Torremolinos, Ponce cuajó otra de sus grandes tardes de este año,
acompañado por un inspirado Javier Conde con buen y bonito ganado de
Albarreal.
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