Páginas AFICIONADOS TAURINOS SIN ANIMO DE LUCRO
DE TOROS EN LIBERTAD PEPE MANZANARES
Como si el
experimento de los vasos comunicantes hubiera podido aplicarse a las
dinastías toreras de los Ponce y de los Manzanares, con apenas cinco
días de diferencia tras la muerte de Leandro Martínez, abuelo del
maestro valenciano, anteayer martes 4 de septiembre murió en su casa de
Alicante, ciudad donde también nació, el padre y el abuelo de grandes
toreros de la casa, respectivamente José María padre y José María hijo
con el apéndice del otro nieto torero, Manolito, el jovencísimo
rejoneador. Tan cercana coincidencia no solo se produjo por el
fallecimiento de ambos abuelos del toreo, también coinciden en fraternal
y mutua amistad, en concepto del toreo y hasta en estilos aunque cada
cual con su particular acento.
Justamente: El pasado 24 de junio y en
la corrida que en Alicante se celebró para conmemorar el X aniversario
de la alternativa de Jose Mari hijo, el padrino, Enrique Ponce, brindó
la muerte de su primer toro a toda la familia Manzanares, allí
presentes. El abuelo, Pepe, y sus dos hijos toreros. Todavía estoy
viendo como a los Manzanares les saltaban las lágrimas en los ojos
mientras escuchaban las emocionantes palabras que les dedicó Enrique.
Especialmente las del abuelo que, además, fue obligado a saludar
respondiendo a una clamorosa ovación con todo el público puesto en pie.
Pepe se adelantó del grupo hasta casi los medios, pienso que más
orgulloso de haber sido el creador de dos de los grandes artistas del
toreo, que de lo que él mismo había sido en su corta vida profesional.
Y es que, como Leandro, el abuelo de
Ponce, también Pepe Manzanares perteneció a esa especial clase de
maestros educadores de sus descendientes partiendo de sus fracasos, no
de sus éxitos. El toreo está casi lleno de padres, abuelos, tíos en sus
días frustrados matadores a los que Dios les tuvo guardado el
privilegiado regalo de verse realizados en sus hijos o nietos.
Pero el caso de Pepe Manzanares, quizá
menos conocido que el de Leandro Martínez, tuvo dos singularidades que
añadió a sus enseñanzas puramente profesionales como son la técnica, el
cuándo, el por qué y el cómo llevar los engaños. Fueron efectivamente
dos y exclusivas: la exquisitez en hacer el toreo y el sentido romántico
de la vida y hasta de la profesión. Mezcla que, en el caso de su hijo y
su nieto, se ajustó como un guante a ambos. En efecto, los Manzanares
padre e hijos, son románticos como su abuelo solo que necesariamente
controlados por la obligación de ser clásicos.
Creo sinceramente que en cuanto a
fidelidad al clasicismo o, mejor dicho por lo que representan los
espadas mencionados al neoclasicismo – que es lo que nunca pasó ni jamás
pasará de moda sino que permanecerá por encima de cualquier innovación
más o menos revolucionaria -, al primer torero que lo encarnó juntando
en una sola pieza cuanto habían aportado Joselito, Belmonte y Manolete,
Antonio Ordóñez, le siguieron en excelencia estos levantinos que llevan
en sus almas toreras la luz cálida del Mediterráneo y en sus modos, “las
olas del mar que se van y se vienen…, se van y se vienen…”
De esto, el que más sabía y sentía fue
Pepe Manzanares y los que más lo han puesto en práctica son su hijo y su
nieto. Descanse en paz y uno mis lágrimas a las de sus descendientes
por la sincera y larga amistad que mantenemos.
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